Fuera donde fuera, aquel día andaba
por su propio pasado. Dando puntapiés a jirones
de recuerdos. Mirando las ventanas
que no hace mucho le habían pertenecido.
Trabajo, miseria y pocos cambios.
En aquella época vivían para sus deseos,
decididos a ser invencibles.
Nada les detendría. Al menos
durante muchísimo tiempo.
En la habitación del motel aquella noche, de madrugada,
abrió una cortina. Vio nubes
cubriendo la luna. Se apoyó
en el cristal. Le traspasó un aire frío
que puso la mano sobre su corazón.
Te amé, pensó.
Te he amado mucho.
Hasta que se me acabó el amor.
Todos nosotros - Raymond Carver
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dimecres, 3 de novembre del 2010
dimarts, 28 de setembre del 2010
Para Tess - Raymond Carver
Afuera en el Estrecho el agua chapotea,
como dicen aquí. Anuncia tormenta, me alegra
no estar fuera. Contento porque estuve todo el día pescando
en Morse Creek, probando una Daredevil roja, lanzándola
una y otra vez. No saqué nada. Ni una pieza
siquiera, nada. Pero estuvo bien. Fue divertido.
Llevé la navaja de tu padre y durante un rato
me siguió un perro que su dueño llamó Dixie.
A veces me sentía tan feliz que tenía que dejar
de pescar. Una vez me tumbé en la orilla con los ojos cerrados,
escuchando el sonido que hacía el agua
y el viento en la copa de los árboles. El mismo viento
que sopla fuera en el Estrecho pero diferente, también.
Durante un rato incluso me permití imaginar que había muerto,
y eso estuvo bien, al menos durante un par
de minutos, hasta que la realidad caló en mí: Muerte.
Mientras estaba allí tumbado con los ojos cerrados,
justo después de haber imaginado qué ocurriría
si de veras nunca me levantara otra vez, pensé en ti.
Entonces abrí los ojos, me levanté
y volví a sentirme feliz otra vez.
Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.
Todos nosotros - Raymond Carver
como dicen aquí. Anuncia tormenta, me alegra
no estar fuera. Contento porque estuve todo el día pescando
en Morse Creek, probando una Daredevil roja, lanzándola
una y otra vez. No saqué nada. Ni una pieza
siquiera, nada. Pero estuvo bien. Fue divertido.
Llevé la navaja de tu padre y durante un rato
me siguió un perro que su dueño llamó Dixie.
A veces me sentía tan feliz que tenía que dejar
de pescar. Una vez me tumbé en la orilla con los ojos cerrados,
escuchando el sonido que hacía el agua
y el viento en la copa de los árboles. El mismo viento
que sopla fuera en el Estrecho pero diferente, también.
Durante un rato incluso me permití imaginar que había muerto,
y eso estuvo bien, al menos durante un par
de minutos, hasta que la realidad caló en mí: Muerte.
Mientras estaba allí tumbado con los ojos cerrados,
justo después de haber imaginado qué ocurriría
si de veras nunca me levantara otra vez, pensé en ti.
Entonces abrí los ojos, me levanté
y volví a sentirme feliz otra vez.
Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.
Todos nosotros - Raymond Carver
Por la mañana, pensando en el Imperio - Raymond Carver
Apretamos los labios contra el borde esmaltado de las tazas
e intuimos que esta grasa que flota
en el café logrará que el corazón se nos pare cualquier día.
Ojos y dedos se dejan caer sobre los cubiertos de plata
que no son de plata. Al otro lado de la ventana, las olas
golpean contra las paredes desconchadas de la vieja ciudad.
Tus manos se alzan del áspero mantel
como si fueran a hacer una profecía. Tus labios se estremecen...
Te diría que al diablo con el futuro.
Nuestro futuro yace en lo más profundo de la tarde.
En una calle angosta por la que pasa un carro con su carretero,
el carretero nos mira y vacila,
luego menea la cabeza. Mientras tanto,
rompo indiferente el espléndido huevo de una gallina.
Tus ojos se nublan. Te vuelves para mirar el mar
tras la hilera de tejados. Ni las moscas se mueven.
rompo el otro huevo.
Seguramente nos hemos empequeñecido juntos.
Todos nosotros - Raymond Carver
e intuimos que esta grasa que flota
en el café logrará que el corazón se nos pare cualquier día.
Ojos y dedos se dejan caer sobre los cubiertos de plata
que no son de plata. Al otro lado de la ventana, las olas
golpean contra las paredes desconchadas de la vieja ciudad.
Tus manos se alzan del áspero mantel
como si fueran a hacer una profecía. Tus labios se estremecen...
Te diría que al diablo con el futuro.
Nuestro futuro yace en lo más profundo de la tarde.
En una calle angosta por la que pasa un carro con su carretero,
el carretero nos mira y vacila,
luego menea la cabeza. Mientras tanto,
rompo indiferente el espléndido huevo de una gallina.
Tus ojos se nublan. Te vuelves para mirar el mar
tras la hilera de tejados. Ni las moscas se mueven.
rompo el otro huevo.
Seguramente nos hemos empequeñecido juntos.
Todos nosotros - Raymond Carver
dimarts, 22 de juny del 2010
Ninguna necesidad - Raymond Carver
Veo un sitio libre en la mesa.
¿El de quién? ¿Quién falta? ¿A quién le estoy gastando una broma?
El barco espera. Ninguna necesidad de remos
ni de viento. He dejado la llave
en el sitio de siempre. Ya sabes dónde.
Acuérdate de mí y de todo lo que hicimos juntos.
Ahora abrázame con fuerza. Eso es. Bésame
en la boca. Aquí. Ahora
deja que me vaya, mi amor. Déjame partir.
Ya no nos volveremos a ver en esta vida,
así que dame un beso de despedida. Aquí. Bésame otra vez.
Una vez más. Ahí. Es suficiente.
Ahora, mi amor, deja que me vaya.
Es hora de ponerse en camino
Raymond Carver - Un sendero nuevo a la cascada
¿El de quién? ¿Quién falta? ¿A quién le estoy gastando una broma?
El barco espera. Ninguna necesidad de remos
ni de viento. He dejado la llave
en el sitio de siempre. Ya sabes dónde.
Acuérdate de mí y de todo lo que hicimos juntos.
Ahora abrázame con fuerza. Eso es. Bésame
en la boca. Aquí. Ahora
deja que me vaya, mi amor. Déjame partir.
Ya no nos volveremos a ver en esta vida,
así que dame un beso de despedida. Aquí. Bésame otra vez.
Una vez más. Ahí. Es suficiente.
Ahora, mi amor, deja que me vaya.
Es hora de ponerse en camino
Raymond Carver - Un sendero nuevo a la cascada
dilluns, 17 de maig del 2010
UNA TARDE - Raymond Carver
Mientras escribe, sin mirar al mar,
siente que la punta de la pluma se estremece.
La marea está subiendo hasta el guijarral.
Pero no es eso. No,
se debe a que en ese momento ella ha decidido
entrar en la habitación sin nada de ropa.
Adormecida, sin saber muy bien
dónde está. Se aparta el pelo de la frente.
Se sienta en el tocador con los ojos cerrados,
la cabeza hacia abajo. Repantigada. La ve
a través del vano de la puerta. Puede
que ella esté recordando lo que ocurrió por la mañana.
Después, abre un ojo y le mira.
Y sonríe dulcemente.
Raymond Carver - Todos nosotros
siente que la punta de la pluma se estremece.
La marea está subiendo hasta el guijarral.
Pero no es eso. No,
se debe a que en ese momento ella ha decidido
entrar en la habitación sin nada de ropa.
Adormecida, sin saber muy bien
dónde está. Se aparta el pelo de la frente.
Se sienta en el tocador con los ojos cerrados,
la cabeza hacia abajo. Repantigada. La ve
a través del vano de la puerta. Puede
que ella esté recordando lo que ocurrió por la mañana.
Después, abre un ojo y le mira.
Y sonríe dulcemente.
Raymond Carver - Todos nosotros
diumenge, 16 de maig del 2010
EL POEMA QUE NO ESCRIBÍ - Raymond Carver
Aquí está el poema que iba a escribir
antes, pero que dejé
porque te levantabas.
Estaba pensando otra vez
en aquella primera mañana en Zurich.
Nos levantamos antes del amanecer.
Durante un instante no sabíamos dónde estábamos.
Salimos al balcón que daba
al río y a la parte vieja de la ciudad.
Allí estábamos, sin más, callados.
Desnudos. Viendo como se aclaraba el cielo.
Tan conmovidos y tan felices. Como si
nos hubieran colocado allí
justo en aquel momento.
Raymond Carver (Todos nosotros)
antes, pero que dejé
porque te levantabas.
Estaba pensando otra vez
en aquella primera mañana en Zurich.
Nos levantamos antes del amanecer.
Durante un instante no sabíamos dónde estábamos.
Salimos al balcón que daba
al río y a la parte vieja de la ciudad.
Allí estábamos, sin más, callados.
Desnudos. Viendo como se aclaraba el cielo.
Tan conmovidos y tan felices. Como si
nos hubieran colocado allí
justo en aquel momento.
Raymond Carver (Todos nosotros)
dijous, 13 de maig del 2010
PROTEGIENDO A LA NÚMERO UNO - Raymond Carver
Ahora que te has ido durante cinco días,
fumaré todos los cigarrillos que quiera y
donde quiera. Haré bollos y me los comeré
con mermelada y con tocino. Haré el vago. Seré
indulgente conmigo mismo. Pasearé por la playa sólo
si me apetece. Y me apetece, a solas y pensando en mis años jóvenes.
En las personas que entonces me amaron más allá de la razón.
Y en cómo yo las amé a ellas sobre todas las demás.
Excepto de una. ¡Estoy diciendo que haré todo
lo que quiera mientras estás fuera!
Pero hay una cosa que no haré.
No dormiré en nuestra cama sin ti.
No. No me apetece.
Dormiré ahí donde suelto una blasfemia si me apetece,
ahí donde duermo cuando estás fuera
y no puedo abrazarte como lo hago.
En el sofá roto de mi estudio
Raymond Carver (Todos nosotros)
fumaré todos los cigarrillos que quiera y
donde quiera. Haré bollos y me los comeré
con mermelada y con tocino. Haré el vago. Seré
indulgente conmigo mismo. Pasearé por la playa sólo
si me apetece. Y me apetece, a solas y pensando en mis años jóvenes.
En las personas que entonces me amaron más allá de la razón.
Y en cómo yo las amé a ellas sobre todas las demás.
Excepto de una. ¡Estoy diciendo que haré todo
lo que quiera mientras estás fuera!
Pero hay una cosa que no haré.
No dormiré en nuestra cama sin ti.
No. No me apetece.
Dormiré ahí donde suelto una blasfemia si me apetece,
ahí donde duermo cuando estás fuera
y no puedo abrazarte como lo hago.
En el sofá roto de mi estudio
Raymond Carver (Todos nosotros)
dilluns, 10 de maig del 2010
Una mañana de verano con Ray Carver [Concurso LV Epoemas]
El olor a café impregnaba la habitación.
Por la ventana mirábamos el repicar de las olas, intuíamos
verdades tras cada golpe de espuma sobre la roca, sentíamos
alivio por cada una de ellas que conseguía evitar su destino.
Nuestro silencio era nuestro velamen, el humo nuestros remos.
Ray desvió su mirada hacia la hoja en blanco. La pluma en alto.
De soslayo me miró como excusándose.
Me levanté y lo dejé escribir.
Albert Fabregat
Por la ventana mirábamos el repicar de las olas, intuíamos
verdades tras cada golpe de espuma sobre la roca, sentíamos
alivio por cada una de ellas que conseguía evitar su destino.
Nuestro silencio era nuestro velamen, el humo nuestros remos.
Ray desvió su mirada hacia la hoja en blanco. La pluma en alto.
De soslayo me miró como excusándose.
Me levanté y lo dejé escribir.
Albert Fabregat
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